Mirar, escuchar, leer

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Toda mi vida he vagabundeando por la vida. No he dejado de andar. Miradas diferentes, conversaciones como oyente, literatura de libros encadenados uno después de otro. La edad, dicen, te quita la capacidad de desarrollar. Creo que quien opina así lo hace con la ironía distante, mezclada con la emoción que trata de esconder bajo un caparazón de indulgencia de aquel que se ha hecho a sí mismo todas las preguntas posibles sobre el sentido de la vida.

Existen muchas manifestaciones artísticas -cada cual tiene las suyas- que se viven en soledad, o de manera popular, y coexisten con la tradición por generaciones. Cuando los poderes públicos se entrometen para darles una determinada dirección todo se convierte en “nada”. Soy de los que opinan que “nada es nada”, pero finalmente para poder vivir en esta sociedad cada uno de nosotros tenemos que hacer como si las cosas tuvieran un sentido, obviando claramente los sentimientos hacia los hijos: estos actúan de manera indescifrable (he tratado de buscar la palabra más adecuada).

Mirar, escuchar, leer. Todo lo contrario a ver la televisión o las redes sociales, y al futuro que nos espera.

Supongo que las cosas terminaran de la siguiente manera: una nueva forma económica con la novedad donde el ocio se convierte en trabajo (Faceboock, Instagram) y el consumo en producción (HBO, Netflix). El principal escenario de esta nueva forma de vivir se desarrollara en las casas. La ciudad será algo a distancia, se organizara una nueva escala social a partir de las nuevas tecnologías y los medios de comunicación controlados por los distintos poderes ocasionales. Estos romperán las fronteras entre los habitantes de esta nueva sociedad. Todo será aséptico y sintético. Las calles serán las bases de datos, las plazas los distintos espacios televisivos, los barrios se convertirán en aplicaciones. Los mercados serán las grandes multinacionales, que en realidad son teleempresas, ya que uno mismo produce y consume virtualmente. La economía seguirá de la misma manera: las enormes cantidades de dinero que producirá ese teletrabajo agotador de los ciudadanos se la quedaran unos poquitos. Quizá con el tiempo se recobre la conciencia de una mayor redistribución de los beneficios. También la indignación se trasformara en ironía.

En resumen, lo que quiero decir es que nos encontramos ante una nueva fórmula de sociedad, de organización social, donde ya no rige el principio de vecindad. Esto es lo que se nos viene encima. Que seamos activos para pedir, al menos, reglas básicas de funcionamiento depende de nosotros. Especialmente de que no dejemos de mirar, escuchar, leer.         

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