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En los más de 30 años transcurridos desde entonces, mientras el resto de sus
compañeros de generación han pasado ha engrosar el parnaso de la excelencia de
nuestras letras, Panero se ha convertido en el único poeta maldito que ha
conocido nuestra literatura en ese tiempo. Mientras los otros ganaban premios,
ocupaban cargos y debatían en las tertulias de los distintos medios de
comunicación, Panero languidecía en cárceles, manicomios y sórdidas
pensiones. "Mal puedo vender la ruina de mi conciencia o mi desastre al
mejor postor. Me conformo con escribirla porque sólo eso no muere, sólo eso
nos salva de la muerte", apuntaba en la contraportada de "Antología"
(Ediciones Libertarias, 1985).
Una saga de poetas
Hijo de Leopoldo Panero (1909-1962), sobrino de Juan Panero (1908-1937) y
hermano de Juan Luis Panero (1942), todos ellos poetas de sugerente voz,
Leopoldo María Panero nació en Madrid en 1948. Al igual que tantos
descendientes de los prohombres del régimen franquista –su padre, pese a
haber estado a punto de ser fusilado a comienzos de la guerra por los nacionales
como consecuencia de su amistad con destacados poetas comunistas, terminó por
alistarse en las tropas de Franco para acabar, ya en los años 50, siendo
director del Instituto de Cultura Hispánica–, el joven Panero se siente
fascinado por la izquierda radical.
Vive pues con la pasión que corresponde la
aventura de la clandestinidad. Su militancia antifranquista constituirá el
primero de sus grandes desastres y le valdrá su primera estancia en prisión.
Drogas y manicomio
De aquellos años jóvenes datan también sus primeras experiencias con las
drogas. Desde el alcohol hasta la heroína, a la que dedicaría una
impresionante colección de poemas en 1992, ninguna le es ajena. Según comenta
él mismo en la película "El desencanto", dirigida por Jaime Chávarri
en 1976, fue uno de los primeros consumidores de ácido lisérgico que hubo en
Madrid.
No obstante, se engañan quienes piensan que sus viajes a los paraísos
artificiales los que le llevaron al manicomio por primera vez. Es el
resquebrajamiento de un paraíso tan verdadero como la infancia y, sobre todo
–como con tanto acierto apunta Rosa María Pereda en "Joven Poesía Española"
(Cátedra, 1979)– la exacerbación de la lectura, lo que –si es que
verdaderamente la ha perdido– hace a Panero perder la razón. Las voces que
oye nuestro poeta nada tienen que ver con esas otras que agobian a los
desequilibrados entre los que vive desde hace más de 15 años. En los oídos de
Panero susurran Lewis Carroll, Edgar Allan Poe, James M. Barrie, H. P. Lovecraft...
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De una u otra manera, todas sus páginas, hasta sus traducciones, son autobiográficas.
La autocontemplación, junto a esa ya aludida autodestrucción, es otra de las
claves de su obra. Más de 30 años después de la publicación de sus primeros
versos, Leopoldo María Panero no sólo es el único poeta maldito de nuestro
panorama literario, sino también el transgresor por antonomasia de nuestras
letras. No en vano, la biografía que su singular experiencia inspiró
recientemente lleva por título "El contorno del abismo". |
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«Forzar la vida»
Es por ello que sus constantes reclusiones no le impiden desarrollar una copiosa
bibliografía no sólo como poeta, sino también como traductor, ensayista e
incluso narrador. Mientras va de la antigua prisión madrileña de Carabanchel
al manicomio de Cienpozuelos y de éste al de Mondragón, convencido siempre de
que "la vida hay que forzarla", lo que invariablemente acaba traduciéndose
en un irremediable intento de autodestrucción, sus distintas entregas aparecen
con regularidad. A partir de la segunda de ellas, "Así
se fundó Carnaby Street" (Ocnos, 1970), donde se incluye su célebre
poema "Deseo de ser piel roja", la melancolía de los mitos de su
infancia corre pareja a un experimentalismo apasionado. Así aparecen "Teoría"
(Lumen, 1973), "Narciso o el acorde último de las flautas" (Visor,
1979), "Last River Together" (Ayuso, 1980), "Dioscuros"
(Ayuso, 1982), “El último hombre" (Ediciones Libertarias, 1984)... Su
obra narrativa incluye "En
lugar del hijo" (Tusquets, 1976) y "Dos relatos y una perversión"
(Ediciones Libertarias, 1984). Entre sus versiones de distintos autores
anglosajones destacan las de Lewis Carroll: "La matemática demente",
"La caza del Snark", etcétera.
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