La mar traicionera, la mar salvadora…

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Esta gente, habida de buscar fortuna, de emprender un nuevo rumbo, de despertar de un mal sueño.

Estas personas, sedientas de esperanza, pero al mismo tiempo de desesperanza y de incertidumbre….esta gente, que cubriendo su cara con el velo de la fingida valentía, se embarcan sin rumbo ni destino, y tan solo con el abrigo de las olas marinas, hacia la tierra prometida.

Estas personas, que lo dejan todo quizá para hallar la nada, son almas en pena, que buscan la alegría. La alegría de una vida mejor, la alegría de la ilusión por construir, por hacer, por reinventarse.

Ellos, que salen hacia un destino incierto, que arriesgan sus maltrechas vidas y las entregan a la merced de la misteriosa mar, navegan kilómetros o millas, para tal vez al fin, toparse con una tierra desconocida, a la que desean conocer.

Estos seres humanos, que reflejan en sus rostros de rasgos persas, magrebíes o del África más castiza, la agonía de una dura travesía, soportando frío y necesidades varias, se topan de lleno y de pronto, con un mapa, que no albergaba su mente.

Ya por fin, hallaron su destino, ante un duro y sombrío viaje, sin garantías de supervivencia. Al fin están aquí, para que los lugareños, los acojan con los brazos abiertos.

Todo ha pasado ya. Pero queda lo más duro…. Seremos devueltos o repatriados por una justicia que nos ve como una amenaza o como un estorbo?

O por el contrario, las buenas gentes europeas nos abrirán sus puertas para que nuestra vida tenga sentido?

Pueden ser ambos caminos. El segundo, el más deseable.

Luego llega la burocracia, el intento fallido de integración…. Toca aprender una nueva lengua, vivir en otra cultura, en la que las mujeres no van tapadas, la gente no reza asiduamente, y hasta comen cerdo, y beben alcohol.

Pero a mí, inmigrante deseoso de suerte y de prosperidad, nada me importa, con tal de ser aceptado, de que no me juzguen por ser diferente, ni por mi color de piel.

Voy por la calle, observando a la mayoría, a la que se ve en masa, y con su prisa característica. En mi país todo es más tranquilo, menos apresurado. Pero aquí, las cosas funcionan a otro ritmo. Pero si quiero sobrevivir en este rico y próspero país, tengo que adaptarme.

La lengua me gusta, y tras ya no ser considerado peligroso y optar a los ansiados papeles, intento aprender el idioma español, ese que tanta cultura y literatura, ha dado al mundo.

Todo es poco, por conseguir un empleo que me saque de esta angustia, y pueda decir al fin, que toda la dura travesía, ha merecido la pena.

Mi familia, allá lejos, a los que extraño y añoro y con los que me comunico de cuando en cuando porque mis camaradas me ayudan, espera mi dinero, ese bien que quiero lograr, y por el que me vine para aquí.

España me gusta, y la gente es cálida y amable. Claro que siempre está quien me ve como una amenaza, solo por rezar a otro dios, por ser más oscuro de piel, o por no manejar del todo su complejo idioma.

Pero yo, perseverante y con metas claras, quiero integrarme, y aunque sigo rezando a mi dios en la mezquita de la ciudad en la que ahora vivo, deseo con toda mi alma, formarme en un empleo, para así, hacer que los míos, se sientan orgullosos de mí.

Seguro que pronto lo logro, y puedo gritar tan alto que hasta se oiga en mi lejano país, que soy un superviviente, y que España, me da calor y afecto.

Pronto, muy pronto, dejaré de ser considerado un simple inmigrante, para ser lo que soy desde que estoy en este mundo: una persona!