En La Patagonia de Bruce Chatwin . – Parte II.

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«Bruce Chatwin entrevistó a la arquitecta y diseñadora de 93 años Eileen Gray en su salón de París donde él advirtió que había un mapa de la Patagonia pintado por ella. «Siempre deseé ir allí» le dijo Bruce. «Yo también» le replicó ella, «Ve allí por mi». Se dispuso a partir casi inmediatamente hacia Sudamérica y cuando llegó allí cortó su relación laboral con un simple telegrama: «Me he ido a la Patagonia».

Estuvo seis meses allí, un viaje a resultas del cual escribió el libro En la Patagonia (1977), que estableció su reputación como escritor de viajes. Más tarde, sin embargo, algunos residentes de la región contradijeron los eventos descritos en el libro. Fue la primera vez, pero no la última en su carrera, en la que se le acusaba de que conversaciones y personajes que Chatwin citaba como verdaderos eran simplemente ficción.»

https://es.wikipedia.org/wiki/Bruce_Chatwin

El lector disfrutara a continuación del relato, que sesenta años después, escribió un viajero siguiendo las huellas de este gran escritor por la tierra del fin del mundo.

Por Ángel Fernández.

Treking Austral.

Una de los aspectos más importantes a tener en cuenta cuando decides hacer un trekking en El Chalten es la climatología. Lo que por la mañana es un buen día a última hora de la tarde se puede convertir en una pesadilla. Hay que administrar con precisión el tiempo, las rutas y las horas de Luz.

Abandonamos El Chalten dirección a la Laguna del Cerro Torre. El sendero trascurre entre bosques de coníferas y arroyos de aguas cristalinas. No es necesario llevar agua contigo. Toda el agua que te encuentres es potable.

Según vas ascendiendo las vistas del Torre se hacen más espectaculares. Una nube comienza a cubrir el hongo de hielo que corona la cumbre. Las rachas de viento aumentan cuando abandonas la protección de los arboles.

Dos horas y media más tarde llegamos al borde del lago. Pedazos de hielo flotan cerca de nosotros. Abrimos una botella de vino y brindamos por todos los escaladores muertos en esas paredes, y por nuestros hijos. Al fondo, el sonido de una flauta andina reverberaba sobre las paredes del glaciar.

Una hora después iniciamos el descenso. A dos kilómetros existe un desvío que te conecta con la senda del Fitz Roy hacia la Laguna de los Tres. José decide no continuar.

Una vez en la senda las pendientes se vuelven más pronunciadas. Durante una hora camino por un bosque que hace de barrera natural ante el incesante viento.

En el preciso instante que llegue al collado que formaba el bosque descubrí a lo lejos dos lagos impresionantes. La madre y la hija son sus nombres. En la orilla las olas golpeaban con fuerza. Bordeando por su margen derecho llegue a la bifurcación de la senda Fitz Roy. A la derecha directo hacia la montaña, a la izquierda la ruta de regreso al Clalten. Me lo pensé dos veces antes de decidir que opción dirección tomar. Llegar aquí ya había sido un esfuerzo considerable. El último kilometro hasta la Laguna de los Tres salva un desnivel de 400 metros. El viento era cada vez más fuerte y unas nubes amenazadoras empezaron a surgir por detrás de las moles de piedra. Había que continuar, era demasiado tentador.

Comencé la subida sin mirar hacia arriba. En estos momentos era una cuestión más de actitud que de altitud. Cada cierto rato tenía que parar a recuperar fuerzas al abrigo de los pocos arbustos que se enraizaban entre las piedras. Poco antes de alcanzar la cima me encontré con dos mujeres que también estaban ascendiendo. Seguimos juntos hasta llegar al borde de la laguna. Las nubes ya cubrían los tres picos principales: Fitz Roy, Poincenot y Mermot.

Unos veinte minutos más tarde la situación climatológica empeoro. Sugerí a mis acompañantes iniciar el descenso. Las ráfagas de viento helado cargadas de gotas de lluvia no hacían más que confirmarlo. Había que irse.

Sobre la mitad del descenso me despedí de mis compañeras en el Fitz Roy. Aumente el ritmo notando ya flojedad en las piernas. Sobre las nueve de la noche llegue al Chalten. Según la aplicación del móvil había recorrido 40 kilómetros, estaba agotado.

En el hostal José tenía preparado un arroz con pollo. Junto a una cerveza quien podía pedir más. Mañana nos dirigiríamos hacia el Glaciar de Perito Moreno. En el cielo nocturno la Gran nube de Magallanes cortaba el firmamento como la hoja de una navaja.    

Un mar azul de Hielo.

Viernes 17 de Noviembre.

Antes de abandonar el Chalten visito la capilla de los escaladores. En el pequeño atrio hay una placa adosada a la pared con los nombres gravados de las personas que han muerto escalando las paredes de estas montañas hasta 1998. Entre ellos el del Español Jose Luis Domeno, muerto en el cerro Mermoz. La mayor parte de los accidentes en el Fitz Roy.

Llama la atención que algunos de los escaladores murieran el mismo día y en el mismo cerro. La caída de uno debió arrastrar a toda la cordada. 

Abandonamos El Chalten sintiéndonos afortunados de haber llegado hasta este lugar. En la distancia los cerros se iban perdiendo de vista mientras nos dirigíamos a otro lugar mítico en la lejana Patagonia, el Glaciar Perito Moreno.  

Se hay una manera de definir este glaciar es con las palabras de encabezan esta jornada.

El Glaciar Perito Moreno es el más visitado del mundo. Sus dimensiones son descomunales, su espectacularidad es abrumadora. Es difícil despegar la mirada de las imponentes paredes de hielo con más de 70 metros de altura. Continuamente masas de hielo se desprenden de la parte frontal del glaciar causando un ruido sorprendente. La luz crea sobre el hielo un color azul bello e inquietante.

La masa de hielo se adentra cuarenta kilómetros hacia los valles de las montañas que lo circundan. A ocho kilómetros el espesor del hielo llega a los 700 metros. Sin embargo, el glaciar retrocede año tras a año. Del 2009 al 2011 retrocedió cerca de 4 kilómetros. El cambio climático es aquí evidente.

Nos encontrábamos a 290 kilómetros de Rio Gallegos, el lugar donde debería terminar nuestro viaje hacia el sur. Hasta el momento llevábamos recorridos unos 4.000 kilómetros y los días que teníamos por delante ya eran escasos. Después de meditarlo sobre el mapa tomamos la decisión de regresar hacia Gomernador Gregoles para hacer noche y después retomar la ruta hacia Sarmiento, el lugar donde Bruce Chatwin se topo con el Bosque Petrificado.

La madera que se trasforma en roca.

Salimos de Gobernador Gremoles en dirección a Sarmiento. El tiempo era mucho más agradable, lucía el sol, las temperaturas en ascenso y  y el viento apenas era una brisa.  

Cerca de Sarmiento, en un extremo de la carretera un camión permanecía volcado con las ruedas hacia arriba. El accidente había sido aparatoso. La cabina del conductor estaba vacía. Un camionero tenía su camión estacionado en el arcén. Merodeaba alrededor del camión accidentado. Sus intenciones eran manifestase: llevarse todo lo que pudiera.

Media hora después los primeros arboles de Sarmiento nos recibieron. Aquí el paisaje árido de la llanura patagónica se torno en vegetación abundante y extensos  pastos inundados de agua. Dos lagos situados estratégicamente alrededor de la ciudad convierten este terreno en un vergel para el ganado. Veamos un poco la historia de este enclave patagónico.

En 1903 muchos Boers descendientes de los Afrikaners más radicales habían emigrado a la Patagonia en busca de nuevos territorios asqueados del dominio británico. Según relata Chatwin eran muy temerosos de Dios, profesaban la religión de la Iglesia Reformada Holandesa. Cuando en Sudáfrica llego al poder el doctor Malan muchos de ellos regresaron. El aspecto de la ciudad era muy parecido al de otras ciudades del cono sur Africano. Apellidos como Kruger, Botha o Visser son típicos entre sus vecinos. En su libro de Chatwin relata el esfuerzo que tuvo que hacer para poder sacarles algo de información.

Uno de las personas más curiosas con quien se relaciono Chatwin se llamaba Casimir Slapelic. Lituano de nacimiento y corazón, fue el descubridor del dinosaurio del barranco y uno de los pilotos de aeroplanos de más edad en el mundo. Según el Ingles “el peligro no hacía más que aumentar su anhelo de vivir”. Hoy en día se está construyendo un museo en su honor y la pista de aterrizaje todavía es operativa. Toda una leyenda Casimir.

Sobre la mitad de la avenida principal de Sarmiento tomamos un desvió de ripio a la derecha en busca del Bosque Petrificado, otro lugar en el recorrido de Chatwin pero del que apenas hace mención. En el fondo lo que Chatwin buscaba era más la historia humana de la Patagonia que la vegetal propiamente dicha.

El bosque petrificado se encuentra al final del camino de ripio. Un agente del parque te recibe en la entrada y te da una explicación vaga de cómo visitar el lugar. La  entrada es gratuita.  Un pequeño sendero te lleva 65 millones de años atrás. Sus troncos petrificados son el resultado del efecto que estos millones de años ejercieron sobre sus maderas. Al comenzar la era Terciaria, la cordillera de los Andes se elevó e impidió así, el paso de humedad desde el Pacífico. A la vez, se produjeron erupciones cuyos sedimentos de cenizas se esparcieron y dieron comienzo a un proceso lento y de transformación de estos troncos en piedra.

En los sedimentos volcánicos de su suelo, se encuentran abundantes troncos, algunos de considerable dimensión tienen una antigüedad que ha sido establecida en el Terciario inferior (Paleoceno).

De estos sedimentos se han podido estudiar los minúsculos granos de polen que permiten reconstruir con sumo detalle los tipos de vegetación dominante en la zona, que eran de clima templado a cálido tropical con humedad importante. El Salamanquense es el primer testimonio de ingreso marino del océano Atlántico en estas latitudes.

Estimada en una edad aproximada de 65.000.000 de años especies primitivas de la familia de las coníferas (aunque es posible ver restos de palmeras), nos permiten imaginar una región subecuatorial con abundantes bosques y lagunas habitada por numerosa y variada fauna. Es posible afirmar este último dato debido a los importantes hallazgos paleontológicos logrados en el departamento de Sarmiento.
Hoy el paisaje es desolador e impactante ya que en la soledad árida de esta estepa existe la certeza de que alguna vez esto fue un vergel de bosque que hoy se hace difícil imaginar.  La madera petrificada es la transmutación de la materia orgánica en roca a través de un proceso que a grandes rasgos podemos describir del siguiente modo:
Al principio de la era terciaria comienza a elevarse la cordillera de los Andes que impide el paso de las corrientes de aire húmedo del Pacífico hacia el Atlántico.


Simultáneamente se producen erupciones volcánicas cuyas cenizas se esparcen comenzando así el lento proceso de transformación orgánica: absorción, impregnación, sustitución y mutación de la naturaleza molecular, conservando su aspecto exterior.

Los afloramientos de estos extraordinarios troncos petrificados, el paisaje lunar contiguo y sus cerros circundantes de tonalidades variadas permiten observar los distintos estratos geográficos que hacen de este lugar un atractivo único y de visita obligada. Fuente:  https://www.interpatagonia.com/sarmiento/bosque-petrificado-sarmiento.html

Con el sol a punto de ponerse sobre la línea de horizonte chilena nos acercábamos a Comodoro Rivadavia. Atrás dejábamos la historia de la vida en el planeta tierra explicada en estratos de colores cálidos.

Prácticamente todo el recorrido de Sarmiento a Comodoro lo hicimos entre pozos de petróleo. A ambos lados de la carretera se multiplicaban las maquinas de bombeo. YPF tiene aquí su gallina de los huevos de oro, y aunque pueda parecer una contradicción a muchos argentinos no les hace mucha gracia ya que los precios están inflados pues si piensa que todo el mundo trabaja en el Petróleo. Lo mismo sucedía en la zona de Neuqen, en Vaca Muerta y en Zapala.Y lo mismo debieron de pensar de nosotros, hay que andarse con ojo.  

Comodoro es una ciudad de tradición portuguesa. Apenas tuvimos tiempo para visitarla. Encontramos un hostal humilde en la zona norte de la ciudad, una zona peligrosa – según un argentino con el que cruce cuatro palabras – y sin ningún tipo de importancia.  Mañana era domingo, nos esperaban 400 kilómetros hasta Puerto Madryn, la península de Valdés, el santuario de las ballenas.   

Los seres increíbles.

Siempre he pensado  que Chatwin se equivoco cuando decidió no viajar a la Península Valdés. Tengo por seguro que la maestría de su escritura hubiera sentado un precedente para describir este lugar con precisión.

Otra vez en coche, otra vez en ruta. Hemos tenido que madrugar para llegar a Puerto Madryn con pleamar. Las ballenas se acercan a la orilla para buscar la flotabilidad de sus retoños escasos aun de la grasa que se la proporciona. Opino que esta es la mejor opción para observarlas: en su medio natural, sin molestarlas, gratis. 

Después de desayunar abandonamos Comodoro Rivadavia. La carretera se encuentra en penosas condiciones. Tres horas después llegamos a la playa El Doradillo. Nos tomamos una hora de espera. No hay presencia de ballenas. El motivo puede ser el viento que arrecia desde el sur.

Decidimos adéntranos en la Península Valdés. Tras pasar por el centro de información del Parque, fuimos dirección Puerto Pirámides, único lugar en la península para alojarse. Nos instalamos en una pequeña cabaña detrás de una escuela de buceo. Para el lugar que es y según es Argentina lo consideramos un buen precio.

Durante toda la tarde recorremos la península por caminos de ripio. En punta norte vemos lobos y elefantes marinos. Es su lugar de reproducción y en el mes de abril manadas de orcas devoran sus crías lanzándose como kamikazes sobre la playa. Tenemos la suerte de ver tres orcas en el horizonte. Es algo inhabitual para esta época del año.   

En otra punta del la este habitan parejas de pingüinos. Siempre vuelven al mismo lugar a reproducirse y permanecen juntos toda su vida, a no ser que algún depredador acabe con uno de ellos.

En Punta Piramides surgen de repente los primeros chorros de agua. Varias ballenas francas australes disfrutan de los últimos rayos de sol de la tarde. Un atardecer bello y frio.   

Esa noche José decide acostarse pronto. Paseo hasta la orilla del mar en medio de ráfagas de viento helado procedente de sur antártico. En el camino de ida había visto un pequeño bar abierto. A la vuelta entre y pedí una cerveza. Sobre las paredes varias fotos de gauchos a caballo. Dos jóvenes calzados con boinas gauchas tomaban tragos al final de la barra. En una esquina un hombre estaba sentado con un vaso en la mano. Detrás de la barra una mujer atendía a los clientes. Otros dos hombres estaban a su lado. Poco a poco fuimos entramos en conversación. Una mujer llego posteriormente. Marcela-ese es su nombre- nos hablo de su infancia, sus estudios en Sarmiento, las nevadas del invierno en la Patagonia casi inexistentes actualmente.

Pocho, uno de los hombres qua acompañaba a Norma- la dueña del local-  reivindicaba con orgullo su sangre Mapuche. Tenía una copa de más pero era muy agradable. Parte de la conversación verso sobre el recién elegido presidente de EEUU. La opinión era unánime y nada favorable.

Fue una noche de lo más entretenida y tengo mucho que agradecerle a esta personas. Su atención a mis palabras, e inclusive a mis sentimientos me sorprendió. Los mejores argentinos que me he encontrado, aparte de El Vasco de Rio Chico.      

Me despedí con un abrazo. El bar se llama El Abuelo.

No he dormido bien esta noche. Arrastro un catarro desde el primer que llegue a Argentina. Los cambios constantes de clima y situación geográfica no han beneficiado para nada a su cura. Hay que aguantar el tipo, esto es lo que tiene viajar de esta manera.   

A las doce de la mañana subimos a un barco acompañados de turistas. No hay demasiada aglomeración. Es la única manera de poder ver las ballenas en temporada tan avanzada. No es de mi agrado, tengo que reconocerlo.

Media hora después una cría golpea con su cola el lado de estribor del barco. Un toque de atención a la intromisión de los humanos.

Las escenas se suceden en silencio. Se nota que hay admiración por estos animales. 

Son las cuatro de la tarde. Próximo destino, Carmen de Patagones, la ciudad de los Maragatinos.


Carmen de Patagones. De los Maragatos a Bruce Chatwin.

La Patagonia empieza en el Rio Negro. Cuando Bruce Chatwin atravesó el Rio Negro, las chozas de los auracanos venidos del sur de Chile poblaban las orillas del rio. Según Chatwin estos aun conservaban parte de la ferocidad, eran el “Buen Salvaje” de Voltaire. Esto fue lo que vio Chatwin cuando cruzo el Rio Negro en mitad del desierto patagónico.

En nuestro viaje el paso del Rio Negro lo efectuamos por Carmen de Patagones, en el oeste de la República de Argentina.

Carmen de Patagones fue fundada en 1779 por el español Francisco de Viedma con el objetivo de afianzar la soberanía española sobre los territorios patagónicos. Unas 31 familias, en su mayoría Maragatos, Gallegos y Asturianos, escavaron cuevas en las que asentaron sus viviendas. Poco a poco se fueron integrando con los tehuelches, habitantes originales de estos territorios. Los Maragatos fieles a su espíritu emprendedor fueron prosperando hasta el punto en no estar muy de acuerdo con las órdenes que se daban desde el reino de España. Aquí comenzó el mestizaje y la integración-

La revolución de Túpac Amaru en 1810 hizo que el esfuerzo hispánico se centrara más en la zona del conflicto dejando a Patagones a su suerte.

En 1827 el pueblo de patagones derroto a una expedición invasora del Imperio de Brasil. Por medio también se encontraban los corsarios. De hecho, el término “Patente de Corso” era algo muy habitual en estos mares. Consista en un documento por el que se afirmaba que el portador era un corsario y no un pirata. Las diferencias son notables: ser pirata te podía llevar directamente a la horca.

En la batalla contra la expedición brasileña los Maragatos- como relate en otro capítulo en palabras de Clery Evans- actuaron con mucha maestría y engaño. Unas banderas Imperiales Brasileñas conservadas en la Iglesia del Carmen de Patagones dan fe de ello.

La victoria sobre los brasileños poco hizo por resolver el quilombo que tenían loa patagones entre sí. Durante tres décadas muchas familias abandonaron la zona.

Tras el tratado de paz de 1857 entre el gobernador de la provincia y un Cacique llamado Yanquetruz las cosas empezaron a mejorar. En 1854 Patagones era el principal municipio de la Patagonia.

En 1879, una vez la Patagonia entro a formar parte del territorio nacional se inicio la conquista del desierto, es decir, arrasar con toda tribu asentada sobre el terreno. Se inicio la colonización en masa. Patagones cambio de nombre a Viedma y se convirtió en un importante centro comercial y de servicios.

En 1920 Patagones supero su estancamiento ayudado por la producción de sal. Esto abrió mercados para el trigo, cueros, carnes saladas,.. El gobierno provincial se fue tornando estable bajo la batuta de un comandante contundente y un representante Maragato en el gobierno de Buenos Aires.

A principios del siglo XX la prosperidad se estanco debido al ferrocarril entre Bahía Blanca y Neuquen – recordad la fotografía de la vías del capítulo  “Vaca Muerta y El Proyecto Dino”- .

Poco a poco todo fue entrando en decadencia, especialmente con la dictadura militar que dejo al país en bancarrota, hasta que se tomaron nuevas medidas de reformas en el área rural, un tendido de ferrocarril con Bahía Blanca, la apertura de bancos, la mano de obra Mapuche, la localización de  administración pública, etc..

Esto es un poco de la historia de Carmen de Patagones. Durante más de una hora permanecimos en el Museo de la Historia Regional de Carmen de Patagones absortos por la clase magistral con que nos deleito el guía-profesor. En sus palabras descubrí que todo es posible al interpretar los hechos históricos, que la información es muy difusa. Apenas queda documentación, los recursos económicos para la investigación son inexistentes. Solo la inquietud de unas pocas personas posibilita la no desaparición de los pocos vestigios que quedan de esta época tan interesante. Lo disfrutamos, descubrimos en situ que algo de nuestra sangre corre por esta tierra. También descubrimos que a muchos de los habitantes de este lugar les importa muy poco nuestras ganas de poner una “Pica en Flandes”, tan español. Opino lo mismo.

Principio y fin de viaje. La Plata.

Esta noche hemos dormido en Azul, una pequeña ciudad en la ruta hacia La Plata. La cena en Los Vasquitos, decente y a buen precio.

A primera hora de la mañana partimos al último destino de este viaje. En Flores, ciudad intermedia en la Ruta 3, descubrimos un cementerio muy interesante. Caminamos unos metros entre panteones y tumbas. El cementerio tenía el aspecto de una pequeña ciudad con sus calles perfectamente definidas. El aspecto de algunos panteones era desolador. Muchos ataúdes sobresalían de los nichos mostrando parte de los esqueletos. Supuse que todos los descendientes habían desaparecido y que ese era el motivo de tal abandono. Siempre me han gustado los cementerios pero la visita al de Flores ha resultado un poco tenebrosa.

Entramos en la Plata como quien ha sido capaz de realizar un gran reto. La Plata fue el primer lugar que visito Bruce Chatwin antes de adentrase en su aventura patagónica. Aquí se encuentra el mejor Museo de Historia Natural de América del Sur.

La Plata ha sido y es desde siempre un referente en la vida universitaria de Argentina. Cuando Chatwin visito el museo las proclamas al Che Guevara envolvían prácticamente todos los muros exteriores del edificio. Para llegar al museo hay que recorrer una alameda repleta de gingkos cuyos troncos se aferran a la tierra como patas de dinosaurio.

Ya en el museo vagamos por salas llenas de reproducciones de animales prehistóricos. Aquí el humano no tenía ningún protagonismo. En una sala se reproducían los esqueletos de los mayores cetáceos marinos. En otra las vitrinas estaban pobladas con aves disecadas de plumajes inimaginables. Las grandes serpientes llenaban una de las salas más bella del museo. Los grandes dinosaurios eran los principales actores en toda esta película.        

Intente encontrar al dinosaurio de Casimir Slapelic (el anciano piloto de Sarmiento) que Chatwin nombra en su libro. Pregunte a un guía. Desconocía si se encontraba en el museo, el viaje de Chatwin si sitúa sesenta años atrás, en ese tiempo muchas cosas habían cambiado. De lo que si sabía era del Milodonte o Mylodon Listai, una especie de perezoso terrestre hallado en la cueva del seno de Ultima Esperanza, cerca de Puerto Consuelo (Chile).

Me guio hasta la sala donde se encontraba. Ahora lo tenía delante de mí tal como lo describió Chatwin: garras, excrementos, huesos con los tendones adheridos y un trozo de piel con pelos rojizos, de aspecto similar al pequeño trozo que tenían sus abuelos colgado sobre una pared en la lejana Gran Bretaña.

Como dije en un capitulo anterior, este libro “En la Patagonia” lleva conmigo más de veinte años. Si para Bruce Chatwin el motivo de su viaje fue un trozo de piel con pelos rojizos para mí lo ha sido siempre su relato. Han sido cerca de 8.000 kilómetros por carreteras y pistas de ripio por las diversas regiones de la Patagonia (Rio Negro, Chubut, Santa Cruz). Hay  muchos lugares que no hemos podido visitar como Rio Gallegos, Tierra de Fuego, el propio Buenos Aires y muchas de las estancias que el si visito. He llegado a la conclusión que aquí, en esta tierra del fin del mundo todo cambia lentamente, que vestigios de hace 50 o 60 años todavía permanecen. Quizá Internet lo ha cambiado en definitiva pero está claro que los gauchos van a seguir montados sobre la grupa de sus caballos, los hombres de las haciendas seguirán cuidando el ganado combatiendo al puma y las llanuras infinitas seguirán siendo eso, infinitas.

El viaje ha llegado a su fin. La experiencia ha sido dura y enriquecedora. Mi agradecimiento a José, compañero de fatigas, sin su ayuda esta crónica no hubiera sido posible. Mil gracias a esos hombres y mujeres que habitan la Patagonia, tierra de sueños y pasiones humanas irrepetibles.  

A GAEL.