No hay peor soledad, no hay peor tristeza.

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Estaba preparando un artículo diferente, pero no he podido obviar lo que me ha ocurrido en los últimos días.

Soy “tradicionalmente” el callistapara mis pacientes más mayores, el podólogo para los más jóvenes y modernos, también se me considera sanitario/a dentro del ramo.

Desde hace más de 2 años, acudo una vez a la semana al mismo Centro de la Tercera Edad, más por una cuestión personal que por una cuestión de remuneración económica (aunque no lo hago gratis). Supongo que cada uno, ponemos nuestro granito de arena en la sociedad como más nos satisface, como sabemos o podemos.

A mí me satisface besar a mis yayos cuando me los llevo en la silla al ascensor para atenderlos, escucharlos (aunque me repitan lo mismo 10 veces); ellos, con mis besos y mi atención, se sienten queridos. Me dicen lo bien que le corto las uñas, me hablan sobre sus hijos, sus padres…

Después de la cuarentena, y unos cincuenta días sin acudir a ver a mis abuelos, me encuentro el desastre:  Miguel, Luisa, Isidoro, Conchita, Ángeles… me habéis dejado, NOS habéis dejado.

Ahora, Ramona, Mercedes, Florencio… puedo escuchar vuestros desvaríos…  tomaros el pelo, nos reímos, pero a través de una mascarilla, ni siquiera puedo daros un abrazo y un beso. Esto no es de recibo… No para vosotros que necesitáis muchísimo más, que ni siquiera podéis recibir a vuestros familiares.

Hoy estoy muy triste. Hoy me he sentido muy inútil.