«Ushuaia 1998», La Mala Madre

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Rememorando aquellos tiempos. Este articulo lo escribió David Ocoec & El Menda. Abandono hace años la ciudad.

David Ocoec & El Menda, Febrero de 1998.

Astorga…, la muy Leal, Noble y Benemérita ciudad que no cedió ante las tropas napoleónicas, hace tanto que nadie se acuerda. Astorga, esa ciudad que figura en los mapas del Camino de Santiago que tantísimos peregrinos recorren año tras año para ganarse el jubileo. La misma que ahora reivindica su lugar en la Ruta de la Plata. Sí, como reza el lema “Ruta, camino…y parada”.

¿Parada? Sin duda alguna es lo único que pueden encontrar aquí los visitantes, una ciudad parada. Sin vida, muerta, ahogada en sus propias virtudes, en definitiva, una ciudad desaprovechada.

Astorga ha progresado tanto en los últimos 25 años que incluso, hoy por hoy, tiene menos habitantes aún. La tasa de mortalidad supera a la de natalidad. La población anciana domina. ¿Qué se puede esperar entonces de una ciudad de viejos –con todo el respeto-?

Toda esa gente con sus prejuicios caducados, con su primitiva forma de ver la vida… ¿Dónde situamos a la juventud? Ellos –los mayores- nos sitúan en la barra de cualquier bar, borrachos perdidos; o drogándonos jeringuilla en mano en los lugares más insospechados; o pasándonos la litrona y el calimocho en la brecha; o vomitando a las seis de la mañana en medio de la calle, mientras cae una helada de tres pares de… Por poner ejemplos que no quede, pero no es esa nuestra intención.

Esa juventud, que tan distorsionada se ve, lucha día a día por ocupar el lugar que le corresponde en una ciudad, su ciudad, Astorga. Y se nos ocurre otra pregunta, ¿Cuál es el lugar que NOS corresponde? Astorga bien podría ser el perro del hortelano -que ni come él ni se lo deja comer al amo-.  Astorga – por generalizar – presume de sus hijos – jóvenes como nosotros – con sus carreras universitarias en Deusto, sus trabajos en las altas esferas de la sociedad, sus amplias expectativas personales…Y ¿Dónde están esos “hijos”? ¿Acaso se quedan aquí, en Astorga, para hacer lo que dicen saben hacer? NO, descaradamente. Al igual que ellos, muchos otros – por no decir todos – tenemos que poner nuestra mira en otros lugares al ver que es prácticamente imposible conseguir nada aquí.

Hace tiempo que nos resignamos a no seguir luchando por hacernos un sitio aquí. Y no sabemos si iremos al cielo o al infierno; lo que sí sabemos es que no será desde Astorga. No es que renunciemos a seguir aquí, es que Astorga renuncia a nosotros, los únicos que aún podemos darle algo de vida.

El síndrome que padece Astorga es una grave complicación de la incomprensión generacional que siempre ha existido y existirá.

Astorga es un baluarte de las buenas costumbres, la buena fe en Dios y en sus semejantes, aunque con matices en lo de “semejantes”. Todos se conocen entre ellos, vecinos de la misma ciudad. Pero que aún así no dudan en desatar sus instintos más viles con tal de trepar a la rama más alta. Astorga más que una ciudad es una especie de empresa familiar, dominada por un puñado de “buenos vecinos” con ansia de más y más.

El ciudadano de a pie está constantemente malinformado de todo lo que nos acontece – y de lo que realmente nunca ha pasado-. Que si ha fulanito le pasó esto, que si aquel tuvo un accidente por lo mismo…Ciudad de cotillas… Siempre las mismas historias, los mismos “informadores”, cambiando solamente los nombres propios de los protagonistas –nosotros-. Nunca seremos nosotros mismos, siempre estaremos condenados a ser el “hijo de alguien” “ese es el hijo de este que trabaja allí”, etc.

Aquí si no amanece más temprano, a decir verdad amanece bastante tarde. La vida aquí se te puede hacer muy larga.

¿Cómo vamos, pues, a amar y defender la tierra que nos ha visto crecer? ¿Cómo defender a esta gente egoísta e hipócrita que nos ataca con las armas de la difamación y la calumnia? Astorga solo ve bueno lo de fuera, los de aquí somos unos gañanes.

Resumiendo, Astorga no nos deja ser, no quiere que seamos, no está hecha para la juventud que mora en ella y viceversa. Cuando nosotros llegamos aquí el mal ya estaba hecho. Ellos fueron los que la arruinaron, y no por eso tenemos que recoger las tempestades que sembraron otros.

Al que viva feliz en su ignorancia, que le aproveche. Y al que Dios se la otorgue, San Pedro se la bendiga. Amén.