“Después de tantos años”. Vivir era lo de antes.

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Ricardo Franco fue el director de esta cinta después de veinte años de “El Desencanto”, de Jaime Chávarri.

 En ambos trabajos se retrata la vida de la familia Panero. En “El Desencanto” Chávarri destapa la hipocresía de una familia burguesa en la etapa franquista, la perdida en vida de un padre, el poeta Leopoldo Panero -hundido en vasos de ginebra-, la abnegada madre, «la bruja» que crió a los Panero, Felicidad Blanc. Este retrato era, de alguna manera, un modo de retratar a una sociedad tardo franquista en decadencia.    

En “Después de tantos años” Ricardo Franco retoma veinte años después el hilo de la historia de esta familia -de lo que quedaba de ella-, inducido por la voluntad de Michí Panero del cual comentada: “Michí me ha vacunado contra la enfermedad infantil del primer hippismo , pues me hizo comprender que era imposible adorar a todo el mundo…”.      

A muchos le asombro que Ricardo Franco se aventurara a rodar esta cinta. En el fondo la pregunta que se planteaba era que es lo que tenían los Panero para lograr tanta atención. Para el director lo importante no era la familia sino las personas que la formaban, y en ese aspecto su amigo Michí se parecía mucho a él: de la misma generación, intelectuales, supervivientes, enfermos ambos. Franco sabía que había un buen material narrativo para plasmar en una cinta. Se trataba de abordar un problema del hombre, de su condición humana, “por qué nos esforzamos en destrozarnos a nosotros mismos incluso a los otros, a los que amamos, cuando ya la propia vida, el paso del tiempo, se encarga de hacer esta tarea sin la menor dificultad. Envejecemos y al final morimos”.  

Lo que vemos en estas dos cintas es que los Panero son verdad, son muchas verdades o muchas mentiras, que para el caso es igual… Al final en el cine de lo que se trata es en profundizar en una historia, haya sido real o no. Cuando se rueda una cinta cinematográfica todos los directores lo hacen con sus propias limitaciones, son los personajes los que dan y concretan una idea. Los hermanos Panero acaban solos, viejos, locos, enfermos, sin convencer a nadie de lo que pensaban ni de los sueños que tenían. Los tres, pero especialmente Michí y Leopoldo María, se dan cuenta de que ya nada importa nada y que al mismo tiempo todo importa mucho, hasta el punto de verlos inmersos en el sufrimiento de los demás, quien lo iba a decir.

“Después de tantos años” no atañe solo a los hermanos de esta familia, son los de todos nosotros, los de nuestras familias. Los hermanos de cada familia siguen trayectorias muy diferentes para acabar en una misma meta: el olvido, la ruina, el dolor, la enfermedad…, la desesperanza. Entre los entresijos de esta cinta una de las peticiones del director es que ninguno de los hermanos estuvieran juntos durante el rodaje, era consciente que la historia se desvirtuaría si coincidieran entre ellos, “supura pus la herida mientras la tarde ya cicatriza”, palabras de Leopoldo María.

Ricardo franco trato desde un principio buscar que es lo que había sucedido dentro de esa familia pero sin ningún tipo de juicio moral. Ni el director ni nosotros como espectadores podemos juzgar: son los propios personajes los que se juzgan a sí mismos.

Michí y Leopoldo María Panero.

Sin ir más lejos Michí dedica estas palabras para su hermano Juan Luis, “Es un hortera que se ha casado con una que es farmacéutica, enana y catalana, es como leer el Hola, y además, en la película es el que peor lo hace, es como si hubieran contratado a un extra.” Lo que no entiende Michí es que su hermano Juan Luis no es ningún actor, si acaso, un escritor de segunda fila. De Leopoldo María, sin embargo, las palabras son más cercanas a la ternura que a la admiración, “A Leopoldo lo quiero porqué es el poeta más listo por decencia, lo quiero como a un desvalido, pero es el loco más pesado que he conocido en mi vida”.

En esta cinta hay muy poca gente que salga bien parada. Michí es el inductor de este relato lo cual significa en muchas ocasiones un tono despiadado, tan subido de tono como en “El desencanto”, regodeándose en lo que fue su familia y lo que representaba la institución de la familia en los tiempos del franquismo, especialmente en Astorga.

La escena del cementerio rodeado de las tumbas del panteón familiar deja a Michí fuera de lugar en el momento que aparece Leopoldo María, aquí el loco parece ser Michí en vez de Leopoldo. El dialogo entre ambos solo tiene un punto de encuentro: la muerte de los que se han ido, el lazo que tienen en común por haber pertenecido a la familia Panero, la ternura entre ambos. Cuando pasean por la casa de Castrillo de la Piedras solo hay ruinas, igual que en su propia vida. En su mirada hay tristeza pero no mucha, el espectador percibe que tampoco fueron muy felices aquellos años. La duda que queda es si fueron prisioneros de esas circunstancias, o bien lo contrario, les sirvió para llevar una vida sin dar palo al agua.

Recuerdo que en los últimos días de Michí en Astorga -vino aquí a morir, literalmente no tenia donde caerse muerto- le serví algún café que otro. Lo del whisky ( supongo que su cuerpo no lo soportaba), era vivir lo de antes. Recuerdo verlo rodeado de personas adulándole (el propio ayuntamiento de Astorga le facilito mucho su vida), dándose paseos por la ciudad que ya no era su ciudad ni la de tantos otros que en esa época pasada vivieron protegidos en la esfera del franquismo, tanto económicamente como intelectualmente. Recuerdo su última entrevista en Interviú donde decía “que en Astorga hay muchos poetas pero son todos muy malos”. Muchos de estos son los que le adulaban.

Sinceramente pienso que en esa casa misteriosa y bella a la vez, si existió algo parecido a la felicidad fue el nombre de la madre.

Ángel Fernández.